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22/06/2011 / Colectivo Ecologista Jalisco

Érase una vez un hombre

Erase una vez un hombre que vivía en armonía con la naturaleza. Él sabía trabajar la tierra, cosa que no le fue fácil aprender. Tardó miles de años en darse cuenta que de las semillas crecían plantas, y que de estas podía alimentarse. Este animal, por que eso es lo que es, pasaba las noches mirando la luna y las estrellas, y con el tiempo aprendió a descifrar mensajes ocultos que estos astros tenían para él. Sus días los dedicaba a hacer surcos en la tierra, y en ellos sembraba semillas, que con la ayuda del sol y agua germinaban y lo proveían.

Con el tiempo, el hombre conoció a las máquinas. Quizá fue su espíritu inquieto el que lo llevó a obsesionarse con estos objetos que le prometían explotar su inmensa capacidad creadora. Poco a poco, las máquinas le ofrecieron un confort que nunca antes había conocido, pero dicho confort fue sólo una ilusión. Con el paso del tiempo, al hombre lo invadió una especie de lujuria por lo material. Así, dejó de ver la luna y las estrellas, y la compañía diaria que el sol le brindaba dejó de tener importancia. El hombre se encerró en enormes edificios donde se producía confort: bombillas, teléfonos, radios, televisores, autos. Todos ellos eran objetos que aquel hombre que creció entre selvas y bosques nunca había conocido.

Su curiosidad por la innovación fue tal que quiso llevarla al extremo, pero para tal fin, el hombre necesitaba manos, y fue así que el hombre decidió explotar a su hermano el hombre. La creación de objetos proveedores de confort requería también de materias primas: metales, madera, agua y carbón. Así, el hombre comenzó a explotar también la tierra, que desde tiempo inmemorial, le había procurado condiciones para sustentar vida. Él sabía que algo no estaba bien, sentía un vacío que nunca antes había sentido. Algo perdió en el proceso. Quizá el contacto con el sol y la luna alimentaban parte de su ser y al alejarse de ellos su espíritu se enfermó. Pero nada de eso era tangible. La ilusión de lo material era apabullante.

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